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Ética animal y práctica veterinaria: sintiencia, evidencia y responsabilidad profesional. ¿Por qué es importante reflexionar sobre ello?

Resumen breve

La ética animal es la rama de las éticas aplicadas que estudia los problemas morales relacionados con los animales no humanos; principalmente, nuestra consideración y trato hacia ellos, así como las obligaciones que tenemos debido a su carácter de seres con capacidad de sufrir y, por tanto, poseedores de intereses.
Actualmente se ha comenzado a reflexionar y analizar la relación existente entre los seres humanos y los animales. Ya se ha planteado en otros artículos de la autora porqué…

Introducción

La ética animal es la rama de las éticas aplicadas que estudia los problemas morales relacionados con los animales no humanos; principalmente, nuestra consideración y trato hacia ellos, así como las obligaciones que tenemos debido a su carácter de seres con capacidad de sufrir y, por tanto, poseedores de intereses.

Actualmente se ha comenzado a reflexionar y analizar la relación existente entre los seres humanos y los animales. Ya se ha planteado en otros artículos de la autora porqué este tema es importante para la práctica de la medicina veterinaria, habida cuenta de que son sus pacientes quienes han cambiado de categoría filosófica. Este pasaje de animal a ser sintiente, ha modificado la relación de estos últimos con sus propietarios, o tutores tal como hoy se posiciona a los seres humanos convivientes de ellos, y el médico veterinario debe al menos dar cuenta de esta nueva relación, la que plantea desafíos importantes hacia la relación terapéutica.

Siguiendo a Mikel Torres Aldave (2026), es necesario considerar que, durante siglos, la tradición filosófica occidental en general, ha colocado a los seres humanos como seres centrales de todo conocimiento, por lo que nuestras vidas e intereses se han considerado mucho más valiosas que las vidas e intereses similares de los demás animales. Esta (supuesta) excepcionalidad humana como plantea el autor y el antropocentrismo moral que le ha dado suficiente argumento, han sido el principal apoyo ideológico que ha justificado la utilización, dominación y explotación de los animales como simples recursos a nuestra disposición.

A partir de la década de los setenta del siglo pasado, diversas teorías éticas han cuestionado el antropocentrismo moral, defendiendo que explotar a los animales tratándolos como simples recursos es moralmente inaceptable (Singer, 1975; Regan, 1983; Midgley, 1983).

Estas teorías sostienen que, debido a que los animales son seres fenoménicamente conscientes con capacidad de sentir (es decir, capaces de tener experiencias positivas y negativas), debemos tener en cuenta dicho estatus cuando debemos tomar decisiones individuales, -como es el caso del desarrollo de una práctica clínica-, tanto como a la hora de pensar políticas públicas que los involucren.

Independientemente de aceptar con mayor o menor nivel de certeza los argumentos ya referidos, la ética animal se ha establecido como un campo de reflexión fecundo dentro de la bioética entendida en sentido amplio, cuestionando algunos de los presupuestos y sesgos más arraigados de nuestra sociedad, lo que ha llevado a plantear nuevas preguntas sobre justicia, responsabilidad y futuro.

Es precisamente estos últimos tres conceptos lo que analizaremos en el presente artículo, siempre con la finalidad de brindar herramientas de sostén para el desarrollo de la práctica clínica veterinaria.

Sintiencia: capacidad de disfrutar y padecer

De acuerdo con lo establecido por el paradigma cartesiano es el lenguaje, la racionalidad y la autonomía, los que permiten establecer quien o quienes merecen consideración moral. En esta posición filosófica solo aquellos individuos (seres humanos y/o animales) que pueden desarrollar actividades complejas poseen este estatus, por lo que podríamos considerar descartar a los animales, y también a todos aquellos seres humanos que, por vía de una vulnerabilidad extrema, tienen afectado el lenguaje, la racionalidad y la autonomía.

Dicho argumento podría ser tildado de eugenésico, y para ello, la bioética ha desarrollado una serie de estrategias de cuidados a fin de que a pesar de encontrar lesionada algunas de esa áreas, se preserve la entidad moral de estos sujetos. La pregunta es entonces, si somos capaces de realizar consideraciones éticas para proteger la autonomía como principio rector porqué no puede extenderse dichas consideraciones a los animales de compañía, entendiendo a estos como seres vulnerables de hecho.

Tal vez la clave sea pensar el mismo argumento por el lado contrario. Si en vez de iniciar nuestro argumento por la vía de la explicación para determinar quien o quienes merecen consideración moral a partir de las características intrínsecas; pensar dicha consideración moral a partir de las consecuencias de nuestras acciones. Si tomamos dicha decisión, entonces la pregunta moral se deberá referir a cómo guiar nuestras acciones, siguiendo las mejores razones posibles, para otorgar igual importancia a los intereses de cada individuo afectado por lo que hagamos (Rachels, 2003).

Siguiendo a Paez (2016), para determinar qué entidades deben ser consideradas moralmente dado el impacto de nuestras acciones, debemos identificar qué individuos pueden ser beneficiados o perjudicados por lo que les suceda. De esta forma, el rasgo moralmente relevante debe ser precisamente la capacidad de experimentar tales beneficios o perjuicios, es decir, la sintiencia.

Atributos como la racionalidad, el lenguaje o la autonomía, incluso si fueran propios únicamente de los seres humanos, no serían suficientes para justificar su consideración moral exclusiva, ya que no son estas características las que permiten a un individuo experimentar sufrimiento o placer.

Este razonamiento ha sido denominado el argumento de la relevancia y justifica como criterio relevante para decidir qué individuos deben ser incluidos en la comunidad moral, a la sintiencia, entendida como la capacidad de tener experiencias subjetivas de disfrute o sufrimiento (Horta, 2017).

En este sentido, la sintiencia puede definirse como la capacidad de un individuo para tener experiencias conscientes dotadas de valencia, esto es, experiencias que pueden resultarle positivas o negativas. No se reduce, por tanto, a la mera recepción de estímulos ni a una respuesta refleja ante el entorno, sino que supone la existencia de un sujeto para quien aquello que ocurre puede sentirse como placentero, doloroso, confortable o adverso. Por ello, afirmar que un animal es sintiente equivale a reconocer que posee un bienestar propio y que lo que le sucede puede beneficiarlo o perjudicarlo desde su propia perspectiva.

Esta definición permite comprender por qué la sintiencia constituye una condición suficiente para ingresar en el ámbito de la consideración moral. Si un individuo puede experimentar como propio el daño o el beneficio, entonces sus intereses en evitar el sufrimiento y alcanzar estados de bienestar deben integrar la deliberación ética, aun cuando carezca de lenguaje, racionalidad abstracta o autonomía. En la práctica clínica veterinaria, este reconocimiento desplaza al animal de la posición de objeto de intervención hacia la de paciente cuyos intereses cuentan por sí mismos, y exige ponderar el dolor, el miedo, el confort y la calidad de vida en cada decisión diagnóstica y terapéutica.

Responsabilidad profesional y ética médica

El reconocimiento de la sintiencia no se agota en una afirmación teórica, sino que genera obligaciones concretas para quienes ejercen la medicina veterinaria. La responsabilidad profesional puede entenderse como el deber de responder por las decisiones, intervenciones y omisiones realizadas en el marco de una práctica especializada. Este deber comprende el dominio actualizado de los conocimientos científicos y técnicos, el cumplimiento de las normas legales y deontológicas, la comunicación clara con los tutores y la evaluación prudente de los riesgos y beneficios de cada curso de acción.

La ética médica veterinaria, por su parte, aporta el marco reflexivo para determinar no solo qué puede hacerse desde el punto de vista técnico, sino qué debe hacerse ante un paciente concreto, qué es correcto y qué no. Las regulaciones profesionales formalizadas en los códigos de ética de las diversas entidades están escritas desde la misma base argumentativa. Ello exige orientar la decisión profesional técnica hacia la protección de su salud y bienestar, previniendo daños evitables, siempre aliviar el sufrimiento y actuar con honestidad e integridad. Aunque estos deberes se articulen o no con los intereses legítimos del tutor y con las responsabilidades del profesional hacia la salud pública y la sociedad, el animal no puede quedar reducido al objeto de una prestación ni a la propiedad de quien solicita la atención: su condición de paciente sintiente confiere relevancia moral propia a sus intereses.

Desde esta perspectiva, la responsabilidad profesional no consiste únicamente en evitar la negligencia o cumplir procedimientos establecidos. También supone deliberar sobre la proporcionalidad de las intervenciones, la calidad de vida esperable, el control del dolor, las alternativas terapéuticas, los límites del tratamiento y, cuando corresponda, las decisiones vinculadas con el final de la vida. El consentimiento del tutor resulta necesario para legitimar la intervención, pero no convierte cualquier elección en éticamente aceptable. Corresponde al médico veterinario informar, recomendar y, ante solicitudes incompatibles con el bienestar del paciente o con los estándares de la profesión, establecer límites fundados.

En consecuencia, una práctica clínicamente competente será también éticamente responsable cuando reconozca al animal como sujeto vulnerable, incorpore sus intereses en la toma de decisiones y pueda justificar razonablemente las acciones adoptadas. La excelencia profesional integra así conocimiento científico, juicio prudencial, respeto por las normas y compromiso efectivo con el bienestar del paciente. Esta articulación permite pasar del reconocimiento abstracto de la sintiencia a una obligación práctica de cuidado, que debe orientar la relación terapéutica veterinaria.

Cómo lidiar con las modas subjetivistas dentro de la profesión

La práctica veterinaria (como también la práctica de otras profesiones) se desarrolla actualmente en un contexto atravesado por discursos sociales, preferencias de los tutores, tendencias difundidas en redes y propuestas comerciales que pueden adquirir rápida aceptación sin contar con una justificación científica o ética suficiente.

Cabe denominar modas subjetivistas a aquellas posiciones que convierten una experiencia personal, una intuición afectiva o una preferencia cultural en criterio general de decisión clínica, prescindiendo de la calidad de la evidencia, de la evaluación del caso y de las consecuencias para el paciente. Sin embargo, esta denominación debe emplearse con cautela: no toda innovación ni toda transformación de la sensibilidad social es irracional, y algunas pueden señalar problemas antes desatendidos por la profesión.

Frente a estas tendencias, la respuesta profesional no debería consistir en la adhesión acrítica ni en el rechazo automático. Es necesario someter cada propuesta a un examen ordenado: identificar qué afirma, distinguir testimonios de evidencia, valorar la calidad y aplicabilidad de los estudios disponibles, comparar beneficios y daños previsibles, y revisar su compatibilidad con los estándares de cuidado y con los principios éticos de la profesión. La experiencia clínica conserva valor, pero debe integrarse con el conocimiento científico, el juicio prudencial y las particularidades del paciente, no sustituirlos.

En la relación con los tutores, cuestionar una creencia no exige desautorizar a quien la sostiene. Resulta más eficaz indagar qué necesidad, temor o expectativa motiva la solicitud; explicar en lenguaje accesible el grado de certeza disponible; presentar alternativas razonables; y acordar objetivos clínicos verificables. Cuando una práctica elegida no ofrece beneficio demostrado, pero tampoco implica un riesgo significativo, puede discutirse su lugar como preferencia secundaria, sin presentarla como tratamiento eficaz. En cambio, si demora una intervención necesaria, provoca daño, incrementa el sufrimiento o vulnera estándares profesionales, el médico veterinario debe desaconsejarla y establecer un límite explícito.

La respuesta tampoco puede quedar reducida a la fortaleza individual de cada profesional. Los colegios, asociaciones, universidades y equipos clínicos deberían promover formación continua en lectura crítica, ética aplicada y comunicación de riesgos; elaborar recomendaciones transparentes; declarar conflictos de interés; y revisar periódicamente los protocolos a la luz de nueva evidencia. De este modo, la profesión puede permanecer abierta a la innovación sin someterse a la novedad, y sostener una autoridad que no dependa del dogmatismo, sino de la capacidad de ofrecer razones públicas, revisar sus decisiones y priorizar el bienestar del paciente sintiente.

Conclusión

A lo largo de este artículo se ha sostenido que el reconocimiento de los animales como seres sintientes modifica de manera sustantiva el fundamento y el alcance de la práctica veterinaria. Si los animales pueden experimentar dolor, placer, miedo, alivio y bienestar, sus intereses no pueden ser considerados meramente instrumentales ni quedar subordinados de forma automática a las preferencias humanas. La sintiencia constituye, así, un criterio moral relevante que obliga a incorporar la perspectiva del paciente en toda decisión clínica.

De este reconocimiento se deriva una responsabilidad profesional que excede el cumplimiento técnico y normativo. Ejercer éticamente la medicina veterinaria supone deliberar sobre los beneficios y daños previsibles, aliviar el sufrimiento, valorar la calidad de vida, comunicar con honestidad y establecer límites cuando una solicitud resulta incompatible con el bienestar del animal. La excelencia clínica requiere integrar conocimiento científico, experiencia, prudencia y sensibilidad moral, sin confundir la consideración de los valores de los tutores con la aceptación irrestricta de cualquier preferencia.

Asimismo, frente a tendencias subjetivistas o propuestas novedosas, la profesión debe evitar tanto la adhesión acrítica como el rechazo dogmático. Su autoridad se fortalece cuando puede ofrecer razones comprensibles, evaluar la calidad de la evidencia, reconocer incertidumbres y revisar sus prácticas sin perder de vista al paciente sintiente. En este marco, la ética animal no constituye un agregado externo a la clínica, sino una dimensión interna de toda decisión que pueda beneficiar o perjudicar al animal.

Como recomendación final, resulta necesario que la formación y el ejercicio profesional incorporen espacios permanentes de deliberación ética, lectura crítica de la evidencia y comunicación clínica. Antes de adoptar o descartar una conducta, el médico veterinario debería preguntarse qué intereses están en juego, qué consecuencias tendrá la decisión para el paciente y qué razones permitirían justificarla públicamente. Convertir estas preguntas en una práctica habitual contribuirá a una medicina veterinaria más rigurosa, responsable y coherente con el reconocimiento de los animales como seres sintientes.

Bibliografía

  1. Horta, O. (2017). Un paso adelante en defensa de los animales. Plaza y Valdés.
  2. Midgley, M. (1983). Animals and why they matter. Penguin Books.
  3. Paez, E. (2016). Ética sin distinción de especie. Derecho y Humanidades, 27, 171–183.
  4. Rachels, J. (2003). The elements of moral philosophy (4.ª ed.). McGraw-Hill.
  5. Regan, T. (1983). The case for animal rights. University of California Press.
  6. Singer, P. (1975). Animal liberation: A new ethics for our treatment of animals. New York Review.
  7. Torres Aldave, M. (2026). Dosier sobre «La ética animal y el futuro». Revista de Bioética y Derecho, 67, 3–11. https://doi.org/10.1344/rbd2026.67.55881

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